Ya ha pasado mi periodo vacacional, ya he vuelto a la vorágine desenfrenada de la cotidianidad en Madrid.
Han pasado los pocos días que tengo para dedicarme al 100 % a mi familia, a los momentos pausados......... y a mí. Esos momentos que añoro durante 350 días al año , instantes que congelo en mi mente y en mi corazón como diapositivas de vivos colores son los que hacen que valga la pena la pelea diaria en el trabajo contra el estress y el cansancio. El descanso del guerrero o guerrera, lo llaman algunos.
En uno de esos días de vacaciones en la maravillosa Galicia, en una playa bañada por el bravo, vivo e indómito océano Atlántico me ocurrió algo excepcional.
Mi hija, que tiene cinco años me propuso hacer un castillo de arena, algo muy normal por otra parte cuando se tienen hijos pequeños.
Pronto nos pusimos manos a la obra y ella empezó a decirme cómo lo ibamos a hacer, trazó sobre la arena el perímetro que éste iba a tener, me indicó dónde se situarían las torres y hasta con qué las coronaríamos.
Mientras yo llenaba los dos cubitos de arena, ella se afanaba por dar consistencia a los muros,cubo a cubo, puñado a puñado, moldeando con sus herramientas, su palita de plástico de todo a cien y sus mas efectivos y útiles utillajes: su imaginación y determinación.
No le importaba que el muro se derrumbara , ella lo volvía a levantar, perseverando en su empresa.
Y yo, torpe y fascinado me dí cuanta de que hacía mucho que no jugaba. No es que no juegue con mi hija, es que hacía mucho tiempo que no dejaba volar a mi imaginación. En ese momento de felicidad por compartir con mi hija arena, ilusión y sueños me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no veía al niño que un día fuí.
Cada puñado de arena adherido a la construcción, eran piedras firmes y perfectamente cúbicas. Y en ese momento, otra vez me dí cuenta de que sólo soy un aprendiz y mi pequeña maestra constructora me enseñó en esa playa del Finis Terrae que las grandes obras no tienen por qué ser de magnas dimensiones. Las grandes obras, las de verdad, caben en el corazón llenandolo de amor y alegría, como ese castillo que hicimos juntos.
Gracias mi pequeña gran maestra.
1 comentario:
Si en las cosas más pequeñas está la sabiduria más grande, ¿como no va a ser así con la gente?
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